Te quiero, Italia, parece decir en el fondo de todas estas líneas Vittorio Cintolesi. Hay muchas razones para querer a Italia, y las suyas son ancestrales: tienen que ver con la memoria y el arte.
De origen florentino, el prestigioso arquitecto, músico y escritor chileno reúne en Los poetas de Gino y otros relatos cuentos de sus anteriores “Relatos nómades” y “Un violín que rueda”, a los que agrega nuevas historias, entre las más notables, la de un vengativo personaje de Jorge Luis Borges: Emma Sunz.
¿Qué pasa con esta chica de Buenos Aires que ha cometido un crimen perfecto, después de que Borges la abandona en el último párrafo?
Según Cintolesi, ella logra escapar escondida en un barco, hacia la noche cálida de Río de Janeiro.
La probable continuación de la historia de esta irónica Emma Sunz deberá descubrirla el cómplice lector. Las narraciones de Cintolesi tienen siempre un humor inesperado y fino.
En sus cuentos está Psaltiel, el ángel de los escritores, y hay viajes a Nápoles, Polonia, Chiloé, Capri. Hay tipos nerviosos; músicos, mitómanos, publicistas, arquitectos.
Está el Tiempo, toda una presencia. Y el relato central, “Los poetas de Gino”, es parte de la memoria de su tribu: una suerte de diario supuestamente escrito por su abuelo.
Si el texto es ficción, la historia es verdadera: tiene la verdad de los textos imaginados. Es el legado de un Cintolesi que conoce bien sus orígenes: “¡Qué sería de Italia sin los toscanos! Les dimos el idioma oficial, el Renacimiento, las bases del Imperio Romano, el acueducto, la bóveda”.
Este Gino toscano y etrusco llega a Chile a fines del siglo XIX y se convierte en un poderoso industrial de los sombreros Borsalino. Un día de apogeo vuelve a Florencia con toda su familia en calidad de alegre nuevo rico, pero después vuelve a América, bajo la línea de la sombra de la Segunda Guerra Mundial. “Subían los nazis en Alemania, los japoneses se armaban, Mussolini se acercaba a Hitler”.
Un cuento fronterizo a ratos con el ensayo, que habla de la diáspora de millones de italianos que dejaron su país y se repartieron por el mundo.
Es un retrato de época: el abuelo, socialista, pobre en su juventud, se sorprende de haberse convertido en burgués. Pero un burgués que cita de memoria desde Virgilio a Petrarca y el Dante.
A Pavesse (una frase tan definitiva), desde luego: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. Y también a Foscolo: “Veo en tu querido rostro florecer la rosa/ vuelven tus grandes ojos a la sonrisa abierta”. |