SENDEROS DE LA MEMORIA
 
José Promis comenta la novela Yo tenía un compañero, de Juan Villegas
 
"Yo tenía un compañero" es el primer verso de un himno de despedida a los camaradas muertos en batalla que cantan los soldados del ejército. Juan Villegas lo utiliza como título de su última novela para anunciar que leeremos un relato de recuperación, marcado por la nostalgia de afectos desaparecidos y por la inquietud para revivir a través de las palabras imágenes de un pasado que la memoria recuerda nebulosamente, pero que la investigación podría perfilar con mayor claridad. La novela de Villegas se inscribe, por lo tanto, en la tendencia del rescate de la memoria que, si bien ha predominado en nuestra narrativa desde la década de los ochenta, pareciera debilitarse en estos últimos años con el surgimiento de inquietudes que buscan reorganizar los universos imaginarios desde puntos de vista que prefieren la deconstrucción antes que evocar y conservar. El texto de Yo tenía un compañero fija, por el contrario, su intención recuperadora desde sus primeras líneas programáticas: "Desde que llegaste sabías que tu tarea en esos días era extraerle sus recuerdos, invitarlo a recordar, forzarlo a contarte su historia, no querías verlo morir llevándose a la tumba sus recuerdos de todo un siglo nacional...".

La novela de Villegas está narrada desde la conciencia del personaje, originando un discurso en segunda persona que tiende a aparecer esporádicamente en la narrativa actual. Situados en ese punto de vista, asistimos al empeño de Gabriel, un individuo nacido en el sur de Chile que desde hace muchos años trabaja en una universidad de Estados Unidos como profesor de literatura, para reconstruir la biografía de su padre, un suboficial de ejército que en el presente del relato se encuentra postrado en su lecho de enfermo, con todas sus facultades de comunicación desaparecidas, y a quien también veremos fallecer en los últimos momentos de la historia. Pero las intenciones de Gabriel no se agotan con esta búsqueda. Revivir la historia del padre significa recuperar también la del hijo, su infancia y juventud en Chiloé, su experiencia de profesor en Santiago, la crisis del golpe militar de 1973, su vida posterior en Estados Unidos y su relación sentimental con un amor de primera juventud a quien reencuentra en dicho país. Pero, sobre todo, encontrar la justificación de ciertos comportamientos silenciados cuyo recuerdo le ha perseguido durante los años del distanciamiento físico de sus orígenes. Villegas trabaja, pues, con el motivo de la culpa secreta como una de las situaciones centrales de su relato, situación que ya había aparecido en su novela Las seductoras de Orange County, de 1989.

La verdad es que los intereses narrativos de Yo tenía un compañero han estado presentes por más de dos décadas en el espacio de nuestra literatura. La búsqueda de los orígenes personificados en la figura del padre y el reencuentro con el pasado como posibilidad para absolver una culpa secreta son situaciones que narradores y narradoras pertenecientes a distintas generaciones históricas manejan con frecuencia. Algunos conocieron de primera mano los acontecimientos de 1973 y otros se han enfrentado a ellos a través de documentos y testimonios, originando diferentes construcciones imaginarias según sea el caso. Los aportes de la novela de Villegas son una impecable arquitectura narrativa, y el propósito dual de ingresar a la conciencia de algunos participantes de los hechos históricos de 1973 para recuperar espacios míticos asociados con la infancia y la adolescencia sureñas de donde provinieron tales personajes. Pero de aquí surgen también las debilidades del texto: hay momentos en que se nota demasiado la presencia del autor, profesor de literatura él mismo, escribiendo una novela; y, por esta misma razón, las informaciones de la voz narrativa se detienen a veces en detalles que quizás interesan más al autor que a sus lectores.
 
Fuente: "Revista de Libros", El Mercurio