
Tengo el honor de presentar a ustedes esta segunda entrega de mi querido amigo Jorge Fernández. En efecto, El naufragio del naturalista belga, ve la luz a un año del lanzamiento de la primera novela de su autor, Los sueños de Ascanio. Ello revela la pasión por la escritura que ha desarrollado Jorge, pasión que comparto, aunque nuestras fidelidades con ella no son comparables. Llevo nueve años escribiendo cuentos bajo el amparo del taller literario y no he publicado aún. Jorge lleva dos novelas y me confidencia que está escribiendo la tercera. ¡¡Bravo por esa pasión, bravo por su constancia!!
Digo que me une a Jorge una amistad de toda una vida, mientras por la escritura solo son diez años. Ello para anunciarles que no soy precisamente objetivo al analizar las páginas acerca del naturalista belga y su tiempo y su naufragio que Jorge me ha pedido comentar aquí. Antes bien, soy un leal impulsor de esta común pasión que tenemos y quiero instarlo a que siga prodigándose en este arte.
Sin embargo, conozco bien la bonhomía de Jorge y sé que me serán perdonadas algunas visiones críticas del libro sin resentimientos que lamentar y creo también que, conociendo mi carácter perfeccionista, él ha sido un audaz y honesto en demasía al entregarme su creatura en comentario.
Hechas estas precisiones, veamos.
Desde lo general a lo particular, estamos en presencia de una novela. El género novelesco que ha escogido Jorge Fernández es el de la novela histórica. No es en consecuencia cualquier ficción. Y digo esto porque tratándose de novela histórica, más aún la centrada en personajes como es este caso, se tiende a unir la fórmula de intentar recrear la vida de este con una gran cantidad de información relacionada o conexa con ella, la vida del personaje central, en este caso, el naturalista belga Jean Bernard Terloo. Me ha confidenciado Jorge que el mismo es un lector contumaz de novelistas como Pérez Reverte y quizás Ildefonso Falcones (esto último no me lo ha dicho) que son autores prolíficos y leídos. La novela histórica, que es el camino escogido, a mi juicio tiene una ventaja sobre la narrativa literaria de otro tipo (sicológica, policial, de ambiente, etc.) es que tiene lectores fieles. ¿Quiénes son estos? Pues, de Perogrullo la respuesta: a quienes les interesa la historia, saber con un foco más ajustado sobre hechos y circunstancias ocurridas en un eje espacio tiempo determinados (en este caso Jean en los primeras décadas del siglo 19 hasta bien entrado ese siglo, para ser exactos, la época del bombardeo de Valparaíso por la escuadra española). No le podemos exigir a una novela historia, menos una en que el narrador es lo que se denomina un narrador omnisciente, que nos brinde el misterio de una novela sicológica. Que nos “engrupa” por decirlo así con ese juego de cajitas rusas donde alguien dice A y piensa Y y actúa X, dejando al lector con un palmo de narices. Alguien con motivaciones ocultas sombrías, lo que Piglia llama la segunda historia. No es este el caso.
Pero... ¿quién de nosotros (particularmente los de esta generación) no se encerró durante semanas en su pieza a leer a Jorge Inostrosa por ejemplo y hoy, precisamente a Pérez Reverte? ¿Son aquellos autores menos válidos que los ensayistas o novelistas clásicos, aquellos que como dije antes, nos engrupen, nos llevan de allá para acá, nos mienten solapadamente durante la lectura para descubrir el engaño casi en los capítulos finales, que debemos releer varias veces para quedar en paz y cerrar el libro sonriendo con el engaño de que nos hicieron víctima? No me parece. Son distintos. Además, en un mundo donde basta abrir la prensa para darse cuenta de cómo la realidad supera al más febril de los autores, pienso que Fernández piensa que hacernos huir de la realidad transportando al lector hacia otros universos y otros tiempos será recibido con gratitud. Pienso que piensa Jorge Fernández que contribuirá al placer del lector permitiéndole de algún modo, entender algo del mundo de donde el lector viene, aunque sea remoto, como es el caso de la Bélgica en sus albores como nación independiente. Y esta puerta de escape hacia otros tiempos, otros lugares se agradece. ¡Vaya que se agradece!
Pero… ¿es cien por ciento una novela histórica la que tenemos entre manos? Eso es apreciación que corresponderá a los más expertos que yo (que soy primero que nada amigo, después lector y después escritor aficionado). Pero, llamado a dar mi comentario, estamos en presencia de una mezcla de novela y crónica histórica. Y créanme que es un género interesante. Particularmente yo, que soy un lector devoto de S. W. Siebald un autor de nuestra generación (algo mayor) que murió tempranamente hace cinco años en un accidente, nos dejó novelas maravillosas que se aprovechan del narrador para dar un paseo por los lugares y la historia de los lugares que el narrador-testigo recorre. Y créanme que su lectura es apasionante. Acabo de terminar Austerlitz. ¿Novelista? ¿Cronista? ¿Cronista histórico? ¡Qué importa si el recorrido atrapa al lector!
No puedo dejar de hacer un paralelo con Siebald al leer el primer capitulo de El naufragio… Mientras Siebald describe con precisión la estación de Amberes y su visita nocturna a la Salle de Pas Perdus en la Central Station, construida por el hijo del Leopoldo que fue contemporáneo de Jean Bernard, en los albores del siglo XX. Siebald escribe como testigo y se sirve del testigo para transportarnos a otros tiempos... Jorge Fernández nos describe Bélgica en los albores, recién despojada de sus humillaciones, guiada por Leopoldo I. A diferencia de Siebald, Jorge escoge a un narrador omnisciente que se adueña del personaje y del tiempo en que este vive. Tiene un riesgo allí: muestra poco el “pathos” la emocionalidad, el genio del personaje; no vive en sus tripas, en sus vísceras, en sus pensamientos y así arriesga desconectar al lector de la simpatía que naturalmente suscita un personaje cuando nos participa de sus avatares internos. Lo que piensa, sueña, lo que habla.
No obstante, recordemos que estamos en presencia de una novela histórica y Jorge suele salir con éxito de esa dificultad que él se pone. Es un hombre audaz mi amigo. Y así sabemos que Jean Bernard está en sus 29 años, proveniente de una familia tradicional, cuyo padre es uno de los consejeros de Leopoldo I, y nos describe con gran profusión las circunstancias políticas y sociales de su época. Nos trae de la mano un personaje además que se cruza en el camino de otros que hicieron época e historia como naturalistas. Las reminiscencias de Darwin, inspirador del naturalista belga, el famoso Fitz Roy, sus visitas a Claudio Gay, se van mezclando con inventos tan geniales que cambiaron el observar humano, como es el caso del daguerrotipo, que se muestra a generaciones de sorprendidos habitantes de nuestra América del Sur, hacia 1823; o la descripción de las cortes europeas y su reflexión acerca de la independencia de nuestra América cuando aún no se apagaban los humos de los cañones napoleónicos, y se iniciaban a veces las restauraciones borbónicas en el viejo continente. Toda una historia dentro de la historia de Jean Bernard. Pero esta útima nos refiera a un interesante e interesado en todo. Es un científico a quien el amor por las especies, por la flora y la fauna de este nuevo continente le subyuga. Se anticipa a los debates de los dos siglos venideros en la preservación de ella. El hombre además se nos muestra como devoto de la religión, del catolicismo y las conversaciones que sostiene con sus amigos Slvodovan y el cura, y el pope Gallet a bordo de la goleta Oriental. Y aquel, el narrador omnisciente, poniéndose en el espacio de su testigo personaje, nos muestra el paraíso terrenal conformado, por ejemplo, por la flora brasileña, en la época del imperio… “En Río, donde la piel manda”, es a mi juicio uno de los capítulos más logrados de su novela. Como que Jorge y su personaje se despelucan , se sacan el colero y el bastón y se desmadran allí y cito: “en medio de las flores y los árboles donde se percibía un mundo lleno de fantasía, esos enclaves mágicos donde el hombre se integra con la naturaleza, y agudiza los sentidos…” cuando en el aire flota un perfume sensual que predispone al amor; entre el “calor y la humedad, entre los baños en cascadas de agua dulce en medio de una vegetación de iguanas y monos, mientras Marcel y Slobodan besan y acarician muchachas de piel morena; mientras el naturalista conoce a Matilda quien tenía todos los encantos que un hombre puede desear. ¡Ah! ¿quién no se habría quedado prendido en los brazos de Matilda, la que se vale de brujerías más allá de su cuerpo que le “ayudaba a descubrir un mundo de sensaciones que el buen Jean Bernard tenía vedadas siendo testigos de cómo... gozaban con los baños en las piscinas que se formaban en las cascadas de la selva, en el canto de los pájaros multicolores, mientras aúlla el sonido de la selva los onza, las pacas, carpinchos, guaximis, zorros y guarás”?
Bueno, el lector tiene la ocasión de acompañar a este buen naturalista por tiempos interesantes de consolidación republicana y sus conflictos en nuestra América: la región del Plata, nuestra orgullosa Concepción, Penco; transitar por los ríos Andalién y Bío Bío, las reminiscencias del terremoto de 1835 -ya antes nos había llevado al cataclismo de Lisboa, que aun perdura en el recuerdo de los lusitanos-. El amor de Slodovan por Cecilia, la que sería su mujer y las características de estas gentes: “Mezcla de capacidad y pesimismo, con espíritu de sobreponerse a la adversidad, reconstruyendo una y otra vez”. De Concepción a Valparaiso, siempre dando a conocer el invento: el daguerrotipo; luego el norte de Chile donde hay un naufragio, después del cual se separan los viejos amigos.
En fin, aquí hay historia, aquí hay un personaje, aquí hay geografía narrada a veces con poesía y a veces con objetividad. Personalmente me gusta más la descripción metafórica. Escenas, como la muerte del padre que evocan épocas y lenguajes. El regreso de nuestro naturalista a sus tierras, sospechamos no será por mucho tiempo.Será para recoger sus méritos y los de su padre en la corte de Leopoldo. Vuelta a París, ciudad que es descrita con amor ya en los primeros capítulos.
Pero, después de este periplo… sospechamos que este hombre, como tantos de nuestros antepasados, tantos ancestros de los que estamos acá, de esos hombres que, de una manera u otra hicieron estos trayectos largos, muchas para encallar por casualidad en el pueblo donde parieron a nuestros bisabuelos y abuelos… sospechamos -repito-, que este hombre... pasó, vino, vio y se quedó.
Dejo al lector del libro que tienen (o tendrán) entre sus manos, el privilegio de descubrirlo.
Muchas gracias.

2. Ernesto+Guajardo dice...
Estimada:
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¡Saludos!
14/08/2009 10:45:26