martes, 06 de enero de 2009

Mi hijo escucha canciones cubanas (texto de Ricardo Nanjarí)

Es tarde en la noche y la luna comienza a iluminar sobre las montañas. Una brisa suave mueve los árboles del jardín y un grillo escondido, canta. Todos duermen en el vecindario, excepto Marcelo. Su madre ya le dio la leche y lo mudó, pero él está inquieto y sin ganas de dormir. Lo paseo un momento y pongo algo de música para intentar adormecerlo. Ya está todo listo para hacer el viaje.

“Travesía mágica” es un CD de Liuba María Hevia, con invitados como Silvio Rodriguez, Carlos Varela y otros conocidos trovadores cubanos, que esta vez interpretan canciones para niños. Es un viaje con muchos asombros, una flor despeinada, un porfiado volantín, una hormiga glotona y hasta una luna vanidosa.

Un lindo regalo que Marcelo recibió en Navidad de parte de sus abuelos cubanos. Ahora él escucha canciones cubanas, igual como lo hacía su padre en los años 70, cuando en una vieja radio se oían las primeras canciones de Silvio Rodriguez, Pablo Milanés y Noel Nicola. Eran los tiempos previos a la dictadura militar en Chile y un joven soñador nacido en el puerto de Valparaíso repetía: “pobre del cantor de nuestros días, que no arriesgue su cuerda, por no arriesgar su vida”

Marcelo no sabe del tiempo aún, ni ha escuchado las historias. No sabe que han pasado casi cuarenta años desde que su padre escuchaba esas canciones, meses antes de la dictadura de Pinochet y que han pasado exactamente cincuenta desde que Fidel Castro, junto a un grupo de guerrilleros entró en La Habana y terminaron con la dictadura de Batista.

“yo quiero agarrarme a la cresta del sol
y que por el cielo me lleve veloz”

La madre de Marcelo también es cubana como los abuelos y vive lejos de su país, donde actualmente una economía deteriorada, una creciente oposición y mucho dolor de su pueblo, son las características que la prensa mundial destaca en este aniversario. Por ello, Marcelo con su mes de vida, nació en una clínica chilena, en vez del Hospital Hijas de Galicia, pasea por el Parque Padre Hurtado en vez de ir por el Malecón y su madre le teme más a los problemas de la globalización que a los del bloqueo y el embargo.

“a las cosas que son feas
ponle un poco de amor”

Marcelo no sabe que los hermanos Castro siguen después de cincuenta años, defendiendo una revolución que los independizó frente a Estados Unidos, pero que los esclavizó frente a ese “enemigo” que pasó a habitar en sus mentes. Marcelo crecerá escuchando las historias de su madre y las de sus abuelos y de vez en cuando visitará el país donde sentirá los olores del mar al atardecer, verá las puestas de sol y escuchará las canciones que escuchó al nacer. Pero también verá otra historia, la de su padre y un país que lucha por el desarrollo, que a veces no aprecia lo que tiene, y se pierde en el consumismo y la desidia.

“pícaro, pícaro pica el piojo,
ojo, ojo, ojo con él”

Las historias son como las canciones, son pedacitos de vida que los seres humanos vamos recogiendo y poniéndole nombre. Son sueños para trepar y ser feliz. Siempre habrá al menos dos versiones para una misma historia y nunca nos pondremos de acuerdo para darle una interpretación. Para Marcelo serán muchas historias contadas bajo un mismo sol. A ese sol al que la luna le pidiera un día, que apagara un farol.
La luna vanidosa se aleja sobre las montañas de Santiago, los grillos se han ido y la música ha dejado de sonar. Los duendes se han dormido y Marcelo descansa.

“Es dueño travieso de la libertad,
sopla fuerte, sopla y adivinarás”


Enero de 2009

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