
III
Tal vez convenga intentar una propuesta entre Ética y Literatura a partir de un par de estrofas de ese anónimo sevillano del siglo XVII –hoy atribuido a Fernández de Andraca- conocido como la Epístola Moral a Fabio: ¡Cuán callada que pasa las montañas/ el aura, respirando mansamente!/ ¡Qué gárrula y sonante por las cañas! (…) ¡Qué muda la virtud por el prudente!/ ¡Qué redundante y llena de ruïdo/ por el vano, ambicioso y aparente! (…) Aquel que entre los héroes es contado/ que el premio mereció. No quien lo alcanza/ por vanas consecuencias del Estado.
Lo ético subyace en la raíz de la cosa. Implica que al crecer, desarrollarse y trasladarse en el tiempo y en el espacio que le son propios, cumplirá con su diseño natural y dejará una huella perdurable para los demás de su especie cuando llegue al final del camino.
Este lenguaje -de la naturaleza o de Dios como quiera llamársele- está allá afuera en la realidad. Pocos poetas llegan a esa expresión donde logos y gramática son una sola cosa, ese transmitir de lo fecundo y lo germinal que no necesita nombrar porque la cosa está; y no necesita callar porque el silencio es escritura de imberbes.
Para Walter Benjamin no existe un lenguaje de las cosas. Las cosas no necesitan comunicarse; se trata de un asunto exclusivamente humano. El lenguaje es un invento para trasladar una idea de un individuo a otro. Sus signos son arbitrarios, no corresponden al ser de la cosa y es un mero acuerdo entre los miembros de la tribu. La lengua resulta entonces una invención del hombre; una ficción que sólo está en su psiquis. Esta no se refiere a ninguna realidad; no toca la realidad ni la cosa que nombra; está en otro plano. En síntesis, el hombre no se comunica a través de la lengua, sino que en, dentro de ella. La lengua hace que el hombre sea el hombre. Y tal ficción significó la Caída, la expulsión del Paraíso. El estado de naturaleza que tanta nostalgia causa en nuestros poetas láricos, se perdió con el lenguaje humano.
La lengua humana entonces quiere repetir la realidad; pero no la alcanza. Es una mera ficción. Este definitivo divorcio entre el mayor significado del signo y la realidad a la que se refiere “inter hombres” es lo que Jacques Derridá denomina la “diferancia” (que es distancia y diferimiento a la vez). Por el contrario la verdad será entonces el mayor acercamiento entre el significado del signo con la realidad que nombra; pero la realidad es cosa aparte.
El poeta no necesita decir moral ni decir belleza, simplemente señala situaciones cargadas de aquello. Armonía y goce y amor constituyen una parte de ese ethos superior sólo alcanzado por unos pocos. Existen discursos literarios que propenden a la moral y son literariamente anti éticos; porque no son poesía; porque no tocan el nivel mínimo de subversión textual para serlo. Y hay textos cargados de ternura y afecto, amorosos textos profundamente éticos y profundamente literarios al mismo tiempo. Pienso en ese magnífico de Omar Lara, ese que dice: Ya ni te pido que descanses, pequeñísima/ impostergable mujer mía./ Porque esta broma del amor, esta/ jugada maestra de sentirnos necesarios/ ha ganado terreno, nos ha solicitado sabiamente:/ nos hemos vuelto locos.
Pienso en ese Jaime Sabines de bronce y su fenomenal A mí me gusta Dios, a mí me encanta Dios. Que Dios bendiga a Dios. Y léanlo entero porque no vayan a pensar que se trata de un texto religioso; Dios me libre. Pero también está quien ha llegado a ser nuestro padre espiritual, poeta de poetas en el concierto latinoamericano actual: el brasileño Lêdo Ivo: Otros vendrán lúcidos y enlutados,/ sin embargo yo vengo borracho, Hermengarda, yo vengo borracho./ Y si mañana encuentran la cruz de tu tumba caída en el suelo/ no fue la noche, Hermengarda, ni fue el viento./ Fui yo.
La más pura relación entre poesía y Ética se ubica en el fin que el poema obtuvo al decodificarse; al acceder a él por su sonido, su sentido y su magia. Su mensaje final (en verdad su contenido más connotativo) fue la transmisión de la belleza estética; nada más.
Es cierto, existen a veces situaciones amorales que el texto denuncia. ¿Pero es acaso esa la función de la poesía? A la estulticia, la roña y el vicio, señalado por el gran simbolista, agreguemos la ignorancia, al fanatismo y a la ambición, males que tanto nos afectan en este preciso momento.
En sí, cada uno de estos insultos a la Ética carecen de importancia en cuanto son apenas sensaciones individuales; la cuestión surge cuando al menos dos de aquellos se activan en el discurso.
IV
El idioma como nuestras existencias es una suma de pasados; es cierto. Pero debemos reconocer el presente, saber de la tierra donde pisamos para respetarnos y reconstruirnos. Ese respeto pasa por conocer cuánto ahora se escribe.
Existe pecado de ignorancia en casos obvios y muy fáciles de identificar: poetas que no leen, autores desinformados, autoridades rectoras en cuestiones que ignoran, abuso del lenguaje más tonto (evento, nicho, señalética, tema y otras estupideces), aficionados a cargo de sociedades de escritores (y no se salva ninguna en todo el territorio nacional), etc., etc., etc. A esto contribuye en un alto porcentaje la prensa escrita y sobre todo la televisiva.
Existe pecado de fanatismo en aquellos que sostienen que su visión estética es la única válida. Esto es una falta grave; el idioma pertenece a todos los miembros de la tribu y cada uno puede hacer con él lo que su amaño le indique, porque es uno de sus propietarios. Cada uno puede declararse poeta y escribir piezas que él así denomine. Pero pretender en el exclusivo territorio del arte- algún reconocimiento es otra historia.
Como es pecado también de fanatismo la vanidosa y burda pretensión de los académicos, que lo han llegado a ser por perseverancia e insistencia, de postularse rectores de la estética contemporánea. Ya lo expresó nuestro Diego Maquieira: Nos metieron mucho Concilio de Trento (...) Bien preparados, sin imaginación/ y malos para la cama.
Y a propósito de Maquieira, a este campo del fanatismo pertenece también la admiración a los poetas de culto. ¿Qué es un poeta de culto? Simplemente aquel cuyo nombre repita y cita el lector de medios de comunicación sin conocer a fondo su obra. Cree que de tanto repetido se trata de un magnífico cultor de las letras. Y es de muy buen gusto citarlo. Ésta condición no es proporcional a su calidad o falta de calidad; y es ajena al escritor mismo. Con justicia o no los poetas de culto andan en boca de todos. Recuerdo, sin ir más lejos, la abominable explotación política que se hizo de Neruda, en su centenario, por funcionarios que no habían terminado aún de leer sus Veinte poemas de amor siquiera.
Ah! nuestra ambición tan bien señalada en el poema Concurso, de Martin Sorescu: En una habitación como en todas las otras,/ habitada por un sólido cielorraso,/ competimos en saltos de altura. (...) El más ágil,/ el que tiene los músculos acerados, más flexibles/ y domina mejor las leyes del impulso/ recibe también más golpes en su cabeza.
Este divorcio se expresa en la absoluta indiferencia ante el género; pero también en la sospecha. ¿Quién es ese poeta? ¿Qué se cree? ¿Quién invitó a ese preguntón a la mesa familiar? Aquel quien inquiere: ¿Qué sabe Ud. de Jorge Eduardo Eielson, Eugenio Montejo, Luis Alberto Crespo, Rómulo Bustos? ¿Ha escuchado hablar de Carl Dennis, Desmond Egan, Jorge Boccanera, Kjell Espmark? ¿Sabe de Wislawa Szymborska, Derek Walkott o Seamus Heaney? ¿Ha leído a Paolo Ruffilli, a José María Zonta, a Toño Cisneros?
Así, hablando de nuestra poesía, pocos saben de Oscar Hahn, Manuel Silva Acevedo, Gonzalo Millán, Rosabetty Muñoz, Elvira Hernández, Javier Bello o Germán Carrasco. Y menos aún de la poesía porteña en vigencia. Para qué nombrar a Rubén Jacob, Sergio Madrid, Karen Toro, Guillermo Rivera o Juan Guillermo Díaz. Nadie, en este comercio, apuesta por nadie.
V
Poco espacio he dejado para hablar de los poetas en boga. Tal vez mañana se les llame la Promoción del Bicentenario. Por ciento las exigencias taxonómicas son superficiales, pero muy necesarias a la hora de revisar la producción literaria. No nacen aquellos por generación espontánea, como sospechosamente sostienen algunos despistados teóricos en boga. Son, más bien, parte reciente de una tradición que continúa a los autores de los años noventa, con grandes nombres a citar -como Nadia Prado (1966), Jaime Luis Huenún (1967), Germán Carrasco (1971), Javier Bello (1972), Elizabeth Neira (1973), Leonardo Sanhueza (1974) y Damsi Figueroa (1976)- sin duda ya establecidos en el canon. Y por otro lado continúan a los más recientes y destacados creadores con alta figuración, nacidos durante el segundo quinquenio de la década de los setentas, entre ellos Guillermo García (1976), Claudio Gaete (1978) y Héctor Hernández Montecinos (1979).
Los poetas propuestos aquí -para integrar una antología de novísimos- han nacidos a partir de los 80 y sus nombres no cuentan aún con una gran difusión, aunque circulan con insistencia entre los pares. Cuentan, con todo, con el gran manejo que la informática les ha entregado desde sus primeras letras. Y aún así, con auto bombo o no, se ha generado un proceso de selección natural que el lector agradece.
Entre los autores recuerdo a Raúl Hernández. Su visión despiadada del país, al menos en su primer libro, da cuenta de una realidad que no aparece en el discurso oficial ni en las noticias de los canales televisivos, en un acercamiento -tal vez- a la mejor poesía de José Ángel Cuevas. Esta verdad aquí señalada sindica la existencia de la pobreza como carácter nacional.
Similar, pero en un todo duro y marcado por el paisaje capitalino, es la poesía de Gladys González: “Aquí no hay glamour/ ni bares franceses para escritores/ sólo rotiserías con cabezas de cerdo/ zapatos de segunda/ cajas de clavos. martillos. alambres y sierras/ guerras entre carnicerías vecinas y asados pobres// este no es el paraíso ni el anteparaíso”, retrata la autora.
Y Marcela Parra.
Y Oscar Petrel es sin duda uno de los nombres más interesantes aportados aportados a Valparaíso por el sur de nuestro país.
Y Karen Hermosilla, quien entregó su primer libro a través de Ediciones Cataclismo, la empresa del poeta Claudio Faúndez.
Entre ellos Enrique Winter no concede al inútil lirismo y utiliza los temas en función de símbolos a través de una exposición bastante autobiográfica, desarrollada y limpia cuyo eje denota la soledad a que el individuo está condenado desde sus orígenes.
Y está Marcela Saldaño
O el más joven Alberto Cecereu propone una revisión de cuanto le rodea, análisis que dirige hacia el centro mismo de las cosas.
Y los nombres siguen. Cito por ejemplo a Karen Toro (Valparaíso, 1980), Alexis Donoso (Santiago, 1980), Diego Ramírez (Antofagasta, 1982) y otros que se nos escapan o no hemos registrados aún dentro de la década. Y a riesgo de que algún informado creador nos indique, parafraseando el mismo diálogo de aquella película yanquí, “el mapa no es el calendario”.
Que de todos ellos se pueble esta biblioteca.
Muchas gracias por compartir este día.
Valparaíso, miércoles 28 de julio de 2010