viernes, 14 de agosto de 2009

Palabras para la inauguración de Paradiso Paradoja, por Pablo Walker S.J.

El pasado 11 de agosto Virginia Huneeus, junto a Mario Soro presentaron "Paradiso-Paradoja" en el Museo Nacional de Bellas Artes. En esa ocasión, Pablo Walker S.J. presentó también el libro Amores carnívoros.

La instalación que hoy inauguramos es una metáfora visual. Como ustedes saben las metáforas sirven para viajar... en particular  esta  quiere evocar lo que está más allá de lo visible: el Paraíso. Una pretensión de este tipo tiene muchos riesgos y “Paradiso Paradoja” los  corre todos.  Virginia Huneeus y  Mario Soro quisieron  abordar el viaje de Dante fieles a su propio imaginario, trayendo consigo formas feroces, afiladas para  grabar el ánimo del espectador,  empujándonos a nosotros también a hacer un viaje. Como  Dante.

“Paradiso-Paradoja” es por tanto una travesía, quiere evocar  la  metamorfosis  de los seres humanos a lo largo de su vida; el viaje de los Dante que somos todos, desde los propios infiernos personales hasta algún Paraíso digno de ser creído. 

Hay una correspondencia entre los personajes de esta instalación  y los  de los  relatos  que Virginia Huneeus nos presenta en su octavo libro Amores carnívoros. Muchos de esos personajes aparecen en escena viviendo un infierno, como en un “Caos inicial”, parecido  a las rocas hundidas en pegajosos légamos proyectadas por  Mario Soro al inicio de la  instalación. Caos  de un músico, de su dolorosa sequía creadora en el relato “La página inédita de Stravinski”. Caos  de un joven pintor tras haber sido usado por Jane, la rubia representante de una trasnacional de arte, en el relato “La performance”.

Pero estos personajes literarios han experimentado una  mutación, han hecho un viaje. Ello ha acontecido por el encuentro con alguien de carne y hueso: las “Musas” que encontraremos en esta  instalación, indómitas  y enigmáticas, con su boca susurrante y sus ojos mirando hacia adentro, pudieran evocarnos a esos personas-hitos que fueron un punto de inflexión, personas reales que en algún punto del viaje nos cambiaron la vida. Así como en “Amor carnívoro”, Doña Custodia,  una gorda cocinera transforma los monstruos dibujados por una niña en panecillos de colores que exorcizan los miedos;  así como en “Melisanda”, un flaco y pálido tío compositor,  transforma el amor no correspondido de la protagonista  en música que hace que  recupere, como un pájaro, la libertad...
 
Estas y otras, las Musas, hacen caminar al que pudiera quedarse en el país de los muertos, conducen al umbral de un nuevo alumbramiento, a un canal de parto  en medio de la intemperie: es el espacio evocado en  la “Secuencia Ecográfica” de la rotonda de la instalación. Quizás todos nosotros, sacados de los corchetes y amputaciones de nuestras biografías, de las pegajosas improntas de nuestras derrotas, puestos a salvo de los fantasmas y cucos que se alimentaron de nuestras pérdidas, reconoceremos en esas figuras escultóricas, en las Musas,  a una “Beatriz”  de rostro enigmático, capaz de dejarnos en un  lugar donde todo comience sin infiernos, en el umbral de un Paradiso que es creíble porque no desconoce las  paradojas  del camino.

Esta instalación tiene momentos lúgubres,  recoge la fecundidad de las pesadillas y violencias de nuestras biografías, la posibilidad de encontrar en medio de ellas la persona que nos ayude a entre-ver un camino más allá de nuestros fracasos y sus  vapores. Es un camino que hay que hacer con precaución: “de estos volcanes han nacido grandes poetas, pero también suelen engendrar monstruos sanguinarios” nos dice Virginia Huneeus

Me parece que este libro y la instalación están marcados por rasgos fuertemente autobiográficos, metafóricamente autobiográficos, como todo en arte. Creo que es Virginia misma quien, a través de sus personajes, recuerda su propio camino...”olfateas cada color, untas los dedos en verde, te embadurnas la cara de azul, Pintas un signo ocre en tu frente, Chupas el pincel y te manchas entera de rojo...” Pero puede ser autobiográfico también el viaje desde una vida acorralada por cucos y fantasmas (antagonistas  y por ello compañeros en el  trabajo creador), al encuentro con alguna “Beatriz”. Ese es el sentido de los rostros que  aporté al video-instalación con la que llega a desenlace “Paradiso Paradoja”:  rostros que nos hacen entrever el misterio más allá de la muerte; en medio de la vida concreta, personas de carne y hueso transfigurado,  que nos meten dentro de sus pupilas y nos contagian lo que ellas ven y no pueden mostrar sino con el brillo de sus ojos...

Que los infiernos en este mundo sí son reales.
Que el encuentro con  quien inspira el viaje es decisivo
Que las pesadillas tienen fecha de vencimiento
Que no hay Paraíso sin paradojas.

jueves, 13 de agosto de 2009

¡Mi padre ha muerto, viva Alfonso Calderón!

A continuación presentamos dos textos escritos en memoria de Alfonso Calderón. El primero de ellos corresponde a una de sus hijas, Teresa Calderón. El segundo fue escrito por Gustavo Alfonso Barrera Calderón

¡Mi padre ha muerto, viva Alfonso Calderón!

Es curioso, el día 5 de agosto de 2009 recordé y escribí acerca de los poetas en la tumba de Neruda, un hecho acontecido en 1992, del cual no había escrito hasta ahora. La muerte ya se había instalado en mi cabeza y en el corazón de mi papito. ¿Estaría ya mi padre dándome los primeros anuncios de lo que vendría a las 9.23 de la mañana del sábado 8 de agosto? ¿Quien lo sabe?

Cuando mi padre cumplió 40 años se enteró de que lo aquejaba una severa hipertensión arterial. Los genes de mi abuela Roma Squadritto Napoli, que llevamos mi hermana Cecilia y yo como otra marca de herencia se anunciaron en él con la casualidad de los exámenes tipo revisión técnica. Descubrieron que su corazón tenía un tamañano mayor al resto de los corazones.

La gran metáfora: mi parte murió de un infarto fulminante, su corazón enorme tenía que estallar. Casi sin dolor, casi sin darse cuenta, así partió, como lo deseaba. Cuando supe lo que estaba ocuriendo corrí al frente en pijama y me estaba esperando: me regaló la última mirada, me subí sobre su cuerpo y abrazada a él, no me despegué de sus ojos hasta que dejaron de mirarme y se volvieron hacia la ventana donde en la jardinera crecían las flores y entraba el sol de la mañana junto al trimo de los pájaros.

Lo estuve mirando largo rato para que sus ojos azules no se fueran de mi memoria. Y luego le cerré los párpados y me mantuve abrazada a él, hablándole, haciéndole cariño, hasta que sentí un calor que salía de su cuerpo para entrar en el mío. Entonces supe que mi padre quedaba enterrado en mi corazón para siempre, que me seguiría protegiendo para siempre y que habrá de recibirme cuando llegue mi hora.

Cecilia me dijo: "Déjamelo a mí ahora". Entonces lo entregué y crucé a mi casa a escribir, con la música que a él le gustaba, los tangos de Cortázar interpretados por el cuarteto Cedrón.

Desde el dolor escribí en Facebook y empezaron a llegar los mensajes de amor de los amigos.

Mi padre, socialista y agnóstico, había sido en su infancia formado en la religión católica que sus padres profesaban con una devoción envidiable, a tal punto que desde muy pequeño, mis abuelos hicieron que mi padre oficiara de monaguillo en la santa Misa, junto a otro niño, Miguel Arteche, su amigo de toda la vida con quien compartieron la vocación poética y sus respectivos sillones en la Academia Chilena de la Lengua.

Sé que Arteche cuando lo supo, lloró mucho, y él con Ximena, su mujer, el día anterior habían estado leyendo antiguos poemas de mi padre.

Esa noche, en la casa de mis amigas nicaragüenses, Elisa, Blanquita y Elisita, nietas de Coronel Urtecho, me dormí mirando el cielo. Había una exageración de nubes que no permitía ver ni un trocito de luz lunar. De pronto creí ver un avión en un espacio que se abrió entre la noche cerrada y se mantuvo quieto largo rato.

No avanzaba ni se movía, sólo parpadeaba... era una estrella gigante, la única en el cielo que seguí mirando hasta que el sueño me cerró los ojos.

Yo le había dicho a mi padre en vida, muchas veces, que él estaba en lo cierto en todo lo que decía, pensaba y opinaba, menos en una: hay otra vida papá, le decía y cuando estés ahí enfrentado al misterio te acordarás de mí y dirás: la niña estaba equivocada en muchas cosas, acaso en todo, menos en algo. "Por suerte había otra vida" habrá dicho, parafraseando el título de un libro de poemas de mi hermana Lila.

Yo le había hecho prometer a mi padre: Si hay esa otra vida en que yo creo, tú me darás una señal. Se lo prometo, hija, respondió sonriendo.

Y cumpliste mi viejo adorado: esa inmensa estrella tan brillante que se hizo un espacio en el cielo negro, veló mi sueño porque era la señal prometida.
Hasta pronto, padre entre todos los padres...

Tu "Hija del Celeste Imperio" que te ama y te agradece que estés vivo en mí.

* * *

Despedida a Alfonso Calderón

Nombrar las cosas es asignarles un destino, y yo llevo tu nombre oculto como un mensaje cifrado, como una marca de letras, una escritura que desde mi nacimiento me puso en el comienzo, o en el final de un recorrido, dependiendo de la dirección que se quiera dar al tiempo. Llevo características tuyas que se manifiestan incluso contra toda voluntad. Llevo también la memoria, esa necesidad de observar todo con detención para que no se escapen los detalles, esos paseos constantes por un mismo espacio físico mientras la mente recorría extensiones imposibles. Me abismo también como tú con la vibración que imprimió algún artista a sus pinturas, algún músico a los sonidos, y comparto esa desconfianza hacia todo lo que aparente ser absoluto e inamovible. Y ese sentido del humor que derriba todas las convenciones.

Vaya entonces este saludo y mi agradecimiento.

Hasta siempre.

Gustavo Barrera

martes, 11 de agosto de 2009

Alfonso Calderón (1930-2009)

 
"Nací con la literatura y moriré con la literatura" (Alfonso Calderón) 

  Alfonso Calderón mantuvo durante 14 años una permanente relación con esta editorial, la que se expresó en la publicación de 28 libros. Cada una de estas ediciones se transformaban prontamente en pequeñas celebraciones de la cultura, en diálogo amplio, profundo, pero siempre sencillo.

Fue reconocida su generosidad al momento de apoyar a autores más jóvenes, su atención y respeto ante los brotes que emergen; la voluntad de sugerir rumbos, indicar pistas en el extenso continente de la palabra. Y la vehemencia en la defensa de sus argumentos, claramente expresada en la valentía manifestada en los años oscuros. De este modo, desarrollaba su escritura buscando la coherencia entre la estética y la ética. Su calidad de escritor le hizo merecedor al Premio Nacional de Literatura el año 1998, en reconocimiento a la “lucidez, profundidad y variedad de los escritos del ensayista, crítico y poeta”. Además porque  “sus diarios y memorias recuperan una línea de la literatura chilena no solo en la síntesis y tradición de la cultura del pasado, sino en las preocupaciones actuales de nuestra sociedad".

Ante la sorpresa de su partida, nos queda el recuerdo de sus palabras, la certeza de sus libros y la dignidad en el ejercicio del oficio de la escritura, todo ello como una lección que perdurará.

• Libros de Alfonso Calderón en RIL editores

Poesía

Una bujía a pleno sol (1997)
Testigos de nada (1997)
Árbol de gestos (1998)
Toca madera (1998)
Poemas griegos (1999)
Santa María de los Ángeles (2000)
Cuaderno de Chiloé (2001)
Cuaderno de La Serena (2001)
Regreso a Santa María de los Ángeles (2001)
Cuaderno de Punta Arenas (2001)
La mirada del espejo (2001)


Ensayos, compilaciones y crónicas

Alone: el vicio impune (1997)
Martín Cerda: palabras sobre palabras (1997)
Ángeles de una sola línea (1998)
Benjamin Subercaseaux: noticias del ser chileno (1998)
Diccionario de voces desautorizadas (1999)
Memorial de Valparaíso (2001),traducido como A memorial to Valparaíso (2005) 
Memorial de Santiago (2004)
Memorial de la Estación Mapocho (2005) 


Diarios

La valija de Rimbaud, 1939-1951 (1995)
El vuelo de la mariposa saturnina, 1964-1980 (1995)
Cayó una estrella, 1952-1963 (1996)
El olivo viejo que lloraba, 1981-1989 (1999)
Traje de Arlequín, 1993-1995 (2002)
Diario de Bélgica, 1983-1987 (2003)
Palimpsesto. Retorno a Sicilia (2005)
El misionero involuntario, 1996-1999 (2007) 
El mirlo burlón, 2000-2002 (2009, en prensa)

Alfonso Calderón, maestro todo terreno

Arturo Navarro Ceardi ha publicado en su página un texto de homenaje a Alfonso Calderón, el cual reproducimos a continuación.


Existen maestros puertas adentro y puertas afuera. Los primeros, se limitan a derivarnos su saber entre las paredes de las salas de clases. Los segundos, enseñan además en los encuentros casuales, en la calle, en un café y en la vida. Alfonso Calderón fue de los segundos.

No recuerdo exactamente cuando comenzó a enseñarme o cuando se convirtió en maestro querido y respetado. Sólo sé que ese proceso me acompañó hasta ayer, cuando en una edición de domingo, los diarios de los que tanto nos hizo aprender, anunciaron su partida.

Tal vez las primeras enseñanzas fueron sus clases de redacción en la Escuela de Periodismo de la UC, en calle San Isidro, en los años sesenta, desde las que nos catapultaba a la Biblioteca Nacional, ubicada a sólo una cuadras, a investigar lo acontecido en algún momento histórico determinado, visto desde los archivos de prensa, sus avisos, sus titulares, las obras de teatro y películas en cartelera y hasta los remates. Entonces nos enseñaba a valorar al diario como testimonio y base de futuros reportajes y, porqué no, materia prima de la historia que estaba por escribirse.

Cercanamente, en el tiempo y la geografía urbana, ya en los setenta, seguí aprendiendo de él en las oficinas y pasillos de la editorial Quimantú, donde oficiaba de asesor literario y nos acribillaba con centenares de propuestas de títulos de libros para ser publicados en las diferentes colecciones. Todos ellos, debidamente leídos y prestos para ser prologados por el propio Alfonso con la extensión y plazo que determináramos. No escatimaba sus lecciones ni siquiera los días feriados en que emprendíamos jornadas de trabajos voluntarios. Amanecía de los primeros en la editorial con una pequeña radio portátil pegada a la oreja en la que escuchaba su programa de tangos favorito en radio Magallanes. Más tarde, acallado ya Gardel, nos hacía descubrir a un grupo de amantes del trabajo intelectual más que del físico cuales eran exactamente las diferencias de edad de cada uno y la cantidad de décadas que nos separaban, modo inequívoco de recordar las edades de cada uno. En mi caso, como me lo recordaba periódicamente, eran justo dos.

Poco después, golpe militar mediante, y hasta los ochentas, seguí aprendiendo al editar, en revista APSI, sus ajustados comentarios de libros: entregados en la extensión justa, sin faltas de ortografía y de contenido perfecto. El ideal de un editor que podía despachar casi sin leer el encargo. ¿Cuánto espacio tienes? Y llegaba en la fecha señalada con la cantidad de golpes de máquina precisos. Tal vez para aprovechar el tiempo no desperdiciado en el trabajo de cortes y corrección, nos enfrascábamos en una sabrosa conversación en la que revisábamos rigurosamente la situación de aquellos amigos de Quimantú para seguir con la ritual y jocosa pregunta: ¿Y como está tu lista de enemigos? Dando cuenta primero de los suyos, convenientemente actualizada, con alguna nueva anécdota. Porque Alfonso es de lo que pensaba que más vale tener enemigos que pasar por la vida inadvertido.

En los noventa, volvimos a encontrarnos en la UC, cuando nos invitaron a ambos desde la Facultad de Letras a exponer sobre Quimantú y nos esperaban con una sorprendente muestra de libros sobrevivientes de dicha editorial, jornada a la que pertenece la fotografía que ilustra esta nota.

Alfonso fue un amigo entrañable y querido, padre y abuelo de poetas, generoso ante cualquier llamado de sus discípulos, como hace 4 años, ya en el siglo XXI cuando lo llamé para proponerle que escribiera el Memorial de la Estación Mapocho, tarea que emprendió sin vacilaciones y con entusiasmo pletórico de anécdotas, con la colaboración armónica de Lila hija y Lila nieta.

La última vez que nos encontramos, merodeando ambos la Biblioteca Nacional, hablamos de la Tere, su hija, y por supuesto hicimos planes. Del último de ellos no alcanzó a enterarse: con Ofelia, la viuda de Mariano Aguirre, otro de los memoriosos de la literatura chilena, conversamos hace pocos días sobre la petición que le haría a Alfonso de escribir sobre Mariano en una recopilación que ella prepara. Ambos dimos por indudable que lo haría.

Será probablemente la primera publicación que nos recuerde el enorme vacío que deja Alfonso en las letras chilenas.