El pasado 11 de agosto Virginia Huneeus, junto a Mario Soro presentaron "Paradiso-Paradoja" en el Museo Nacional de Bellas Artes. En esa ocasión, Pablo Walker S.J. presentó también el libro Amores carnívoros.

La instalación que hoy inauguramos es una metáfora visual. Como ustedes saben las metáforas sirven para viajar... en particular esta quiere evocar lo que está más allá de lo visible: el Paraíso. Una pretensión de este tipo tiene muchos riesgos y “Paradiso Paradoja” los corre todos. Virginia Huneeus y Mario Soro quisieron abordar el viaje de Dante fieles a su propio imaginario, trayendo consigo formas feroces, afiladas para grabar el ánimo del espectador, empujándonos a nosotros también a hacer un viaje. Como Dante.
“Paradiso-Paradoja” es por tanto una travesía, quiere evocar la metamorfosis de los seres humanos a lo largo de su vida; el viaje de los Dante que somos todos, desde los propios infiernos personales hasta algún Paraíso digno de ser creído.
Hay una correspondencia entre los personajes de esta instalación y los de los relatos que Virginia Huneeus nos presenta en su octavo libro Amores carnívoros. Muchos de esos personajes aparecen en escena viviendo un infierno, como en un “Caos inicial”, parecido a las rocas hundidas en pegajosos légamos proyectadas por Mario Soro al inicio de la instalación. Caos de un músico, de su dolorosa sequía creadora en el relato “La página inédita de Stravinski”. Caos de un joven pintor tras haber sido usado por Jane, la rubia representante de una trasnacional de arte, en el relato “La performance”.
Pero estos personajes literarios han experimentado una mutación, han hecho un viaje. Ello ha acontecido por el encuentro con alguien de carne y hueso: las “Musas” que encontraremos en esta instalación, indómitas y enigmáticas, con su boca susurrante y sus ojos mirando hacia adentro, pudieran evocarnos a esos personas-hitos que fueron un punto de inflexión, personas reales que en algún punto del viaje nos cambiaron la vida. Así como en “Amor carnívoro”, Doña Custodia, una gorda cocinera transforma los monstruos dibujados por una niña en panecillos de colores que exorcizan los miedos; así como en “Melisanda”, un flaco y pálido tío compositor, transforma el amor no correspondido de la protagonista en música que hace que recupere, como un pájaro, la libertad...
Estas y otras, las Musas, hacen caminar al que pudiera quedarse en el país de los muertos, conducen al umbral de un nuevo alumbramiento, a un canal de parto en medio de la intemperie: es el espacio evocado en la “Secuencia Ecográfica” de la rotonda de la instalación. Quizás todos nosotros, sacados de los corchetes y amputaciones de nuestras biografías, de las pegajosas improntas de nuestras derrotas, puestos a salvo de los fantasmas y cucos que se alimentaron de nuestras pérdidas, reconoceremos en esas figuras escultóricas, en las Musas, a una “Beatriz” de rostro enigmático, capaz de dejarnos en un lugar donde todo comience sin infiernos, en el umbral de un Paradiso que es creíble porque no desconoce las paradojas del camino.
Esta instalación tiene momentos lúgubres, recoge la fecundidad de las pesadillas y violencias de nuestras biografías, la posibilidad de encontrar en medio de ellas la persona que nos ayude a entre-ver un camino más allá de nuestros fracasos y sus vapores. Es un camino que hay que hacer con precaución: “de estos volcanes han nacido grandes poetas, pero también suelen engendrar monstruos sanguinarios” nos dice Virginia Huneeus
Me parece que este libro y la instalación están marcados por rasgos fuertemente autobiográficos, metafóricamente autobiográficos, como todo en arte. Creo que es Virginia misma quien, a través de sus personajes, recuerda su propio camino...”olfateas cada color, untas los dedos en verde, te embadurnas la cara de azul, Pintas un signo ocre en tu frente, Chupas el pincel y te manchas entera de rojo...” Pero puede ser autobiográfico también el viaje desde una vida acorralada por cucos y fantasmas (antagonistas y por ello compañeros en el trabajo creador), al encuentro con alguna “Beatriz”. Ese es el sentido de los rostros que aporté al video-instalación con la que llega a desenlace “Paradiso Paradoja”: rostros que nos hacen entrever el misterio más allá de la muerte; en medio de la vida concreta, personas de carne y hueso transfigurado, que nos meten dentro de sus pupilas y nos contagian lo que ellas ven y no pueden mostrar sino con el brillo de sus ojos...
Que los infiernos en este mundo sí son reales.
Que el encuentro con quien inspira el viaje es decisivo
Que las pesadillas tienen fecha de vencimiento
Que no hay Paraíso sin paradojas.


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