jueves, 29 de julio de 2010

"Reflexiones sobre la poesía en la actualidad", conferencia de Juan Cameron (Primera parte)

A continuación publicamos la primera parte de la conferencia "Reflexiones sobre la poesía en la actualidad", del poeta Juan Cameron, presentada el pasado 28 de julio, en la inauguración de la Biblioteca de Poesía Chilena Pablo Neruda en Valparaíso. El próximo 28 de Julio se inaugura la Biblioteca de Poesía Chilena Pablo Neruda, en Valparaíso, Chile; se adjunta a la conmemoración del 106 natalicio del Premio Nobel y el bicentenario del país. Esta nueva biblioteca, ubicada en La Sebastiana, se encuentran a disposición del lector interesado más de 2.500 volúmenes de libros de poesía.

 

REFLEXIONES SOBRE LA POESÍA EN LA ACTUALIDAD
 
Juan Cameron*
 
Queridos amigos todos, agradezco a la Fundación Neruda el haberme invitado a esta inauguración y la confianza depositada en mi persona; podría sin embargo ser una mala táctica. Y puesto que hablarles de la poesía que yo he conocido a partir de mis comienzos –desde mis mayores hermanos de la Promoción del 65 hasta las más actuales manifestaciones en el país– es una tarea demasiado extensa, me referiré en cambio a mi visión –a mi muy particular visión, por supuesto– de este fenómeno lingüístico en la actualidad.
 
I

 ¿Cómo hablar de poesía? ¿Es posible en una sola charla explicar qué pasa con ella en la actualidad? Para dar cuenta sobre el fenómeno de la poesía en estos momentos de la historia, cuando el derrumbe de occidente es casi un hecho, se requiere de un esquema previo, muy claro por lo demás, y de la inquebrantable convicción de cuán útil resulta predicar en el desierto.
 
Desde ya debemos, previamente, determinar si –aún– existe una relación entre productor y consumidor de este raro objeto del idioma. Para establecer el contacto, que en Comunicación se reconoce como canal, debemos saber si este funciona; si estamos hablando con alguien o a alguien. Pero hay otras tareas. Como aquella de determinar si quien nos escucha, o lee, nos comprende. Es decir, se requiere comprobar que el lector entiende su propia lengua.
 
Si ambas interrogantes tienen una respuesta positiva, podremos recién intentar definir la poesía, fijarle sus límites dentro del idioma y determinar sus características específicas (qué hace al discurso ser poesía o no). Y recién podremos comenzar con una breve muestra histórica para indicar quienes son los mayores exponentes del género. La tarea es difícil.
 
El hombre contemporáneo se ha ido alejando del lenguaje. Las causas, lo sabemos o suponemos, son políticas. Nacen del actual desinterés del Estado por desarrollar la educación, la vivienda y la salud que responde a la estrategia del capitalismo dominante –globalización le llaman los ingenuos– lo que ha producido un rápido deterioro intelectual de estos pueblos. Consecuencias notorias son la general incapacidad de abstracción, de concentración y de interpretación. Y hay causas económicas, por supuesto, a las que a industria, a través del desarrollo de nuevas técnicas, contribuyó en buena parte.
 
La reducción del idioma reduce en los individuos su campo neuronal. En nuestros días el usuario del lenguaje, nuestro colega en la tribu, es un “homo videns” que se alimenta de mensajes denotativos, directos, inmediatos. Un sujeto quien reconoce a este medio como una gran verdad, como su “realidad”, y no lo pone en duda. Su protesta –cuyo origen no alcanza a comprender– la expresa a través de la destrucción de los bienes públicos. Para el Estado resulta un gran negocio; es absolutamente más barato reponer que aumentar los impuestos para cultivar a sujetos pensantes y conflictivos a la vez.
 
La poesía, como el arte en general, ocurrirá entonces en ese mismo idioma jibarizado y casi perdido. Es decir, en un espacio virtual inalcanzable. El esquema simbólico de un país, de su cultura, alcanzará una estructura elemental: la simple rima. Del mismo modo como los valores nacionales se reemplazan por colores o marcas y la cuestión axiológica se verá reemplazada por lo genital, etc.
 
Claramente, si el idioma desaparece o se empequeñece, la poesía –que es un fenómeno lingüístico– seguirá el mismo camino. ¿Y qué es poesía, entonces? La respuesta también tarda en llegar. Las ordenadoras del mundo buscan por aquí y por allá y deben alejar una serie de preconceptos adheridos a ella a través de los años. Los ignaros de siempre, quienes por lo demás perseveran en escribir aunque no lean sacarán a relucir términos melifluos e inanes como belleza, bondad, bien, causa, etc., etc. Algunos más osados, pero del mismo modo iletrados, la vincularán a sus tendencias siempre en pro de la humanidad en tanto los recién iniciados novísimos poetas descubrirán, año tras año y promoción tras promoción que poesía comienza con ellos o es el ejercicio de epatar burgueses; es decir de asustar señoras en los medios de movilización pública.
 
La única definición posible para comprender este ejercicio de la escritura será, entonces, la de carácter técnico: “poesía es un discurso cuya sintaxis subvertida produce connotaciones en el lector”. En otros términos, las alteraciones idiomáticas de forma o contenido (tropos o figuras literarias) harán del discurso inicial una afirmación imposible de ejecutar como instructivo. Puesto que existirá en el estricto territorio del lenguaje, y nada más.
 
Por ello la significación de la poesía es múltiple. Producir en quien la lee diversas imágenes que habrá de interpretar muchas veces como mágica, bella, profunda, etc. Aclaremos, se trata de meros fuegos de artificio cuyo único objetivo es causar placer estético. Y si alguna magia con ello se obtiene, bienvenida sea.

Explicar que la poesía se forma con palabras y no con ideas es también tarea titánica. Se requiere de mucha lectura, de mucha reflexión y lo más importante, de mucha experimentación sobre el papel para captar la idea. Las masas de perseverantes aficionados no llegarán a comprenderlo mientras no inicien la lectura, mientras no destierren los términos más tontos- inspiración, alma, soledad– simples metáforas de frustración e incapacidad de escritura.
 
Los significados vienen con las palabras: ellas son los únicos vehículos, tanto de sensaciones, órdenes o conceptos. Y allí la “estética” contemporánea ha contribuido también al descalabro. Al apostar al concepto –en lo semiótico mas no al diccionario; pero al código en lugar del mensaje– produjo un violento retroceso. No hubo aquel salto cualitativo, sino un estancamiento. La derrota del lenguaje a fines de siglo XX fue similar a la de hace cien años. Sólo una letra diferencia en literatura el post-modernismo del posmodernismo. Y quienes siguieron disciplinadamente las normas de los teóricos –tras de un rápido reconocimiento social– crearon junto a ellos una suerte de odioso arte académico que, a estas alturas, no es otra cosa sino el arte oficial.

II

A partir de los 60 (¡y estamos hablando casi ya de medio siglo!) la investigación estética apunta a la prosa en desmedro de la poesía. Mala señal , mas aún en una época en que los mercaderes demuelen las puertas del templo. Desde Francia, movidos por el estudio de la Publicidad -esa hija bastarda de la Retórica- a través de la Escuela de Altos Estudios de la Universidad de La Sorbona; o desde Norteamérica, a través de los papers que los académicos instalan en las páginas críticas en beneficio de los grandes sellos editoriales, o desde América –la nuestra– y España, encandilados por ese maravilloso y empresarial despertar que el Boom latinoamericano, la literatura es invadida.Las aulas devienen en claustros. Imponen a los escritores un nuevo sistema de escritura al cual deben adecuarse. O que se atengan a las consecuencias: el silencio. En tanto nuevos íconos, funestos personajes de culto o débiles representantes de minorías que nada tienen que hacer con la literatura –sino con la sociología– se convierten en los nuevos fetiches literarios; en símbolos por desgracia intocables.Derribadas las puertas, el discurso se dicta desde el ara. Los poetas son expulsados de la res pública, la técnica barbarie domina a la masa informe que, hasta muy poco, designábamos bajo la fraternal denominación de "el pueblo".
 
A diferencia de las otras especies, la nuestra posee el lenguaje y domina el fuego; y sin embargo pervivimos en la barbarie. Curioso oxímoron, los bárbaros –afirmaba ese gran Konstandino Photiades Kabaphes ignoran la retórica. Y estos mismos han levantado torres de Babel para luego derribarlas y sumirnos en la oscuridad. El fuego de la poesía ilumina el lenguaje desde dentro. Escarba la profundidad del código y nos hace sensibles entre iguales; la poesía controla la barbarie, engrandece la raza. La poesía domeña la lengua y sin ella somos sino monos parlantes, como bien describe Rudyard Kipling, que repiten palabras sin entenderlas y pueblan los Templos sin saber en donde habitan.

* Juan Cameron es autor del libro Ascensores de Valparaíso.

viernes, 25 de junio de 2010

Palabras de Juan Antonio Huesbe en la presentación de Una historia de Viña del Mar: "la hija de los rieles", de Piero Castagneto

 Nos vemos enfrentados al libro de Piero Castagneto Una historia de Viña del Mar con un eufemismo –"la hija de los rieles"–; aunque este último subtítulo parece muy posterior a los restantes todos insertos a saber, en el camino de los trenes por ese viejo Chile que ya aparece perdido como en los poemas de Jorge Teillier y su sur mágico o como en aquel poema de José Ángel Cuevas cuando refiere a ellos “como por aquellas grandes ventanas (las de los trenes) pasaba Chile”, es decir el proceso, la construcción y la muerte de este medio de locomoción ya casi romántico, perdido como ya dije en aquel inconciente colectivo del cual habló tan bien el siquiatra  Karl Jung. Por lo mismo se sostiene que este libro se sustenta a partir de algo que a ojo de buen pastor: ya no es o ya no existe.

Pero debemos preguntarnos entonces que une, enlaza y articula esta historiografía, ya decíamos la defensa de un balneario, la historia de una ciudad. La lectura de la historia es bastamente conocida, pero nuestro cuestionamiento pasa o transcurre en tratar de saber o dilucidar el motivo por el cual Castagneto ha llegado hasta este punto. Piero  ha hecho todo este quehacer histórico, si se permite el término, conmovido por la ciudad de la que formamos parte, esto es consultado el anaquel de la memoria colectiva de una ciudad que junto con aparecer en el libro pronto empieza a desaparecer, esto es cambia, muta y varia donde hubo antes una mansión de San José, o castillo, a partir de 1977 no hay nada, el palacio Ducal ahora Cap Ducal y así una serie de datos casi estadísticos, de lo que hubo y ya no hay. Piero piensa, tratando de contravenir a la historia, que este cambio se debe al avance demográfico y empieza este cuestionarse y cuestionar a todos sobre si el avance de una ciudad conlleva necesariamente a la desaparición de otra ciudad; como en un juego de mapas superpuestos unos con otros, como una Viña en otra Viña, como una Viña fantasma. Para ello concurre a fotos antiguas, a los archivos de la ciudad, a viejos mapas, a fotos del Everton, etc., a todo lo que sea necesario. Piero concluye lo mismo: la ciudad avanza no por sus esmeradas y salinas viñas, ni por sus olas, sino por el tren. Luego habrá que acatar la voz de las viejas locomotoras surcando los aires de Valparaíso, Viña del Mar, Quilpué y finalmente Limache. Además, Piero tampoco puede cuestionar a los empresarios y constructores, pues los hombres, si son hombres, lo son precisamente porque se equivocan.

Pero qué es lo que busca verdaderamente Castagneto con todo esto, ya sabemos que cumplir con lo que la propia historia le encomendó, pero ¿qué es lo que hay detrás de todo esto? ¿Qué significa cumplir con esto? Pues bien, Piero ha hecho de su modo de vida, su élan vital su areté. Su hacer es pues propio de su hacer virtuoso expresado a partir del periodismo que le tocó estudiar y ejercer. Este argumento que justifica su actuar en verdad revela que el hacer del periodista, es pues también un consejo para el hombre virtuoso que vive precisamente en la polis; por tanto el consejo es el hacer del ciudadano es, si se quiere: ético-político. Para ello sostendremos que la formación de una ciudad  nace solo y a partir de la polis... No hay ciudad fuera de la Polis, como dice Cioran. Por tanto Piero pretende enseñar a los jóvenes y, en general a todos los viñamarinos, estos principios del hombre virtuoso o que apuntan  a su ser íntegro, a su virtud.

La Virtud de un verdadero ciudadano como sostuvo Cicerón en el De Civitate es precisamente hablar de su ciudad, defenderla y probar que una verdadera historia no vaga por dos o tres calles o por el antojo de unos terratenientes de buen apellido, sino por la conciencia colectiva de quienes la construyen día a día.

 

lunes, 03 de mayo de 2010

LAS RAZONES DE MARIANO. Palabras de Alejandra Costamagna en la presentación de 20 años de crítica literaria. Las razones de un lector, de Mariano Aguirre

En la primera de las críticas reunidas en Las razones de un lector Mariano Aguirre se refiere a Juan Emar y raya la cancha de su propio oficio. “Los escritores valen por sus textos”, dice, “no por sus andanzas”. Claro que a renglón seguido puntualiza que, bueno, que en algunos casos valdría la pena echar un vistazo también a la vida del autor. No por mera curiosidad sino porque la experiencia podría irradiar, de vez en cuando, algunas luces sobre el destino de la obra. Y entonces el crítico entra de lleno en Emar y recurre a la descripción que ha hecho antes Pablo Neruda sobre el autor de Umbral. “Era un hombre callado, socarrón, singular. Fue un gran ocioso que trabajó toda su vida”, dice Aguirre que ha dicho Neruda. Y es ahí, creo yo, en la elección precisa de la cita, donde asoma –como sin querer queriendo– el perfil de Mariano Aguirre, con esa singular distancia del profesional discreto-callado-socarrón, que evitará escribir en primera persona y que, sin embargo, estará revelando claves propias en cada juicio acerca de éste o de este otro libro; de este o de este otro autor.

De este y no de otro crítico literario, en definitiva, que con urgencia de cronista nos paseará por el Chile de las últimas décadas del siglo –del tenebroso siglo veinte, dirá él– a través de ciertos libros y ciertos escritores que irá escogiendo de la cambiante escena local. También visitará en sus textos publicados en diarios y revistas de la época (y recogidos ahora en este libro) otros rincones y tiempos latinoamericanos y europeos, pero es en el ejercicio de imaginar Chile, pienso yo, donde sus críticas más claramente lo revelan. Revelan, quiero decir, al personaje Mariano Aguirre que lee unos libros y escribe unos textos que hablan de esos libros, que hablan de un momento, que hablan de un crítico que vive ese momento y lee a esos autores y no a otros, y cita esos párrafos y no otros, y va fijando así su obra y su discurso. Y con ellos, su singular perfil.



Ofelia Evangelista, Alejandra Costamagna, Antonio Skármeta y Alfonso Mallo.

Puede que Mariano Aguirre no haya sido el personaje tan inmaculado que algunos llegarán a imaginar al calor y al cariño de este homenaje. Puede que sí, puede que no. Pero hay un Mariano Aguirre que emerge de las letras de su propia escritura. Un Mariano Aguirre que se perfila en la voz de los otros y se define en las citas prestadas y secretamente asimiladas. “Miradlos bien, porque esos ojos son el centro de mi historia y han atravesado todo el siglo XVIII como un riel electrizado”, advierte Mariano que ha advertido Vicente Huidobro al inicio de Cagliostro. Y podríamos decir que ése es también su punto de partida; el de Mariano, que con sus ojos contemporáneos leerá este segmento del mundo y fijará el centro de su historia como un riel que ya no sostiene los mismos trenes. Huyendo de las lamentaciones nostálgicas, Mariano recurrirá a Malraux, por ejemplo, para hablar de “los duros tiempos del deprecio”. Y no dará lo mismo en qué duros tiempos escribe lo que escribe:

En enero de 1984, por ejemplo, iniciará su comentario sobre la reedición de Historia personal del boom, de José Donoso, con estas precisiones: “Ciertos aires –buenos aires– pareciera que están llegando al país. Claro, en cuanto a literatura se refiere”. Y en septiembre de ese mismo 1984 hará el siguiente preámbulo para referirse a la poesía de Oscar Hahn: “La censura de los libros terminó, es de esperar que para siempre, aunque algunos censores de alma siguen ejerciéndola. Hasta el amante poeta Ovidio, muerto hace ya casi dos mil años, ha sido víctima pública –televisión mediante– de este tipo de inquisición por un curita deslenguado que da la lata los viernes por la noche”.

Y ya en plena democracia, en 1994, las polémicas generadas en ciertos grupos moralistas por las postales de Juan Dávila o por el libro Ángeles negros, de Juan Pablo Sutherland llevarán a Mariano Aguirre a contextualizar los alcances de la metralla. “Los dardos –dirá el crítico– si bien apuntan a acosar la libertad de creación y de expresión, tienen un blanco oblicuo. No es otro que el de cuestionar el apoyo que el Estado, a través de Fondart, le otorga de manera bastante limitada a los artistas y a los escritores chilenos. Rasgar vestiduras se puso de moda. Salvo excepciones, los llamados representantes del poder público –cierta prensa incluida– con esa complacencia que en este país es parte del consumo que nos consume, han salido al ruedo con vociferantes cuestionamientos que sólo traslucen su ignorancia en materias literarias y artísticas”.



 

Pero más allá de la contingencia política, también habrá espacio en los escritos de Mariano Aguirre para sus juicios sobre la escena literaria local. En 1983 lo dirá sin pelos en la lengua: “Cuando ciertos textos, por llamarlos así, se dedican a la pasión de los pirulos y otros a los refunfuños culinarios con un éxito comercial y una parafernalia crítica digna de mejores causas, la lectura o relectura de novelas publicadas un tiempo atrás, permite tener confianza en el destino de la narrativa chilena”. Y advierte: “(pero) no son muchos los casos”.

Los pocos casos para Mariano serán, por ejemplo, Adolfo Couve, cuya prosa definirá como “un lago que esconde las corrientes que lo convulsionan”. O José Donoso, a quien designará como el “mejor narrador que ha tenido y tiene la literatura chilena contemporánea”. Y habrá otros casos y otras obras de gran altura también, como La ciudad, de Gonzalo Millán, que para Aguirre contendrá algunos de los mejores poemas no sólo del autor sino “de toda nuestra poesía local”. O Ay mama Inés, de Jorge Guzmán, que catalogará como “una de las mejores novelas escritas por un chileno en los últimos años”. O En Jauja la Megistrú, de Guillermo Blanco, que a pesar de su “poco afortunado título”, será, en opinión del crítico “uno de los mejores relatos sobre la infancia”.

A través de sus comentarios, Mariano Aguirre no sólo irá marcando las banderitas de su propio canon, sino que incorporará también en el registro a la siempre relegada dramaturgia (“Sí, se puede leer teatro”, apostará entusiasmado en un título); a la entonces precaria novela negra chilena con Ramón Díaz Eterovic y su flamante Heredia a la cabeza; y a ciertas publicaciones de autores emergentes o escasamente difundidos en la prensa. Por el lente y el juicio de Mariano Aguirre en los años ochenta y los noventa pasarán libros emblemáticos, como Soy de la plaza Italia, de Ramón Griffero; Virus, de Gonzalo Millán; o El infarto del alma, de las nunca complacientes Diamela Eltit y Paz Errázuriz. Pero esto no significará, en ningún caso, que Aguirre le haga el quite a una Marcela Serrano ni a una Isabel Allende ni, incluso, a un Enrique Lafourcade, cuyo trabajo definirá en 1993 como “irregular, muchas veces contaminado sólo por lo coyuntural o lo que está en el aire”.

Porque para este lector abierto, alejado de todo evangelio, “en literatura vale más lo diverso que lo homogéneo”. Y es en lo diverso, precisamente, donde Mariano se moverá a su antojo. Ésta es, a fin de cuentas, la obra de un autor que eligió una estrategia ventrílocua, por llamarla así, para registrar su propia obra a través de las obras de los otros. Si en la primera crítica de Las razones de un lector Mariano rayaba la cancha de su oficio cuando aseguraba que “Los escritores valen por sus textos, no por sus andanzas”, hacia el final del mismo comentario revisará los últimos días de Juan Emar y dará la palabra al propio escritor: “Ya terminé el libro Umbral y empecé el siguiente… En él estoy en el fondo de la tierra”, escribirá Mariano que ha escrito Emar. Y siguiendo en la voz de Emar revelará el que, acaso, sea también su designio futuro: “A veces salgo a la superficie y veo a los viejos amigos”.

A veces, como esta noche quizás. Digo yo.


Alejandra Costamagna
27 de abril de 2010

viernes, 05 de febrero de 2010

Presentación de Bestiario del Reyno de Chile

En la 28ª Feria del Libro de Viña del Mar fue presentada la nueva edición de Bestiario del Reyno de Chile, de destacado dibujante porteño Lukas. En la oportunidad, se refirieron a la obra Eugenia Garrido, historiadora, concejal de Viña del Mar y directora ejecutiva de la Fundación Lukas, junto a Rafael Torres Arredondo, director ejecutivo de dicha fundación.

lunes, 11 de enero de 2010

Presentación de Alicia, la niña vampiro, en Viña del Mar

La primera actividad de RIL editores se realizó en la nueva versión de la Feria del Libro de Viña del Mar. En la ocasión, se realizó un concurso de dibujo infantil, cuyo primer premio fueron los dos libros de Alicia, la niña vampiro, más una croquera.