A continuación publicamos la primera parte de la conferencia "Reflexiones sobre la poesía en la actualidad", del poeta Juan Cameron, presentada el pasado 28 de julio, en la inauguración de la Biblioteca de Poesía Chilena Pablo Neruda en Valparaíso. El próximo 28 de Julio se inaugura la Biblioteca de Poesía Chilena Pablo Neruda, en Valparaíso, Chile; se adjunta a la conmemoración del 106 natalicio del Premio Nobel y el bicentenario del país. Esta nueva biblioteca, ubicada en La Sebastiana, se encuentran a disposición del lector interesado más de 2.500 volúmenes de libros de poesía.

REFLEXIONES SOBRE LA POESÍA EN LA ACTUALIDAD
Juan Cameron*
Queridos amigos todos, agradezco a la Fundación Neruda el haberme invitado a esta inauguración y la confianza depositada en mi persona; podría sin embargo ser una mala táctica. Y puesto que hablarles de la poesía que yo he conocido a partir de mis comienzos –desde mis mayores hermanos de la Promoción del 65 hasta las más actuales manifestaciones en el país– es una tarea demasiado extensa, me referiré en cambio a mi visión –a mi muy particular visión, por supuesto– de este fenómeno lingüístico en la actualidad.
I
¿Cómo hablar de poesía? ¿Es posible en una sola charla explicar qué pasa con ella en la actualidad? Para dar cuenta sobre el fenómeno de la poesía en estos momentos de la historia, cuando el derrumbe de occidente es casi un hecho, se requiere de un esquema previo, muy claro por lo demás, y de la inquebrantable convicción de cuán útil resulta predicar en el desierto.
Desde ya debemos, previamente, determinar si –aún– existe una relación entre productor y consumidor de este raro objeto del idioma. Para establecer el contacto, que en Comunicación se reconoce como canal, debemos saber si este funciona; si estamos hablando con alguien o a alguien. Pero hay otras tareas. Como aquella de determinar si quien nos escucha, o lee, nos comprende. Es decir, se requiere comprobar que el lector entiende su propia lengua.
Si ambas interrogantes tienen una respuesta positiva, podremos recién intentar definir la poesía, fijarle sus límites dentro del idioma y determinar sus características específicas (qué hace al discurso ser poesía o no). Y recién podremos comenzar con una breve muestra histórica para indicar quienes son los mayores exponentes del género. La tarea es difícil.
El hombre contemporáneo se ha ido alejando del lenguaje. Las causas, lo sabemos o suponemos, son políticas. Nacen del actual desinterés del Estado por desarrollar la educación, la vivienda y la salud que responde a la estrategia del capitalismo dominante –globalización le llaman los ingenuos– lo que ha producido un rápido deterioro intelectual de estos pueblos. Consecuencias notorias son la general incapacidad de abstracción, de concentración y de interpretación. Y hay causas económicas, por supuesto, a las que a industria, a través del desarrollo de nuevas técnicas, contribuyó en buena parte.
La reducción del idioma reduce en los individuos su campo neuronal. En nuestros días el usuario del lenguaje, nuestro colega en la tribu, es un “homo videns” que se alimenta de mensajes denotativos, directos, inmediatos. Un sujeto quien reconoce a este medio como una gran verdad, como su “realidad”, y no lo pone en duda. Su protesta –cuyo origen no alcanza a comprender– la expresa a través de la destrucción de los bienes públicos. Para el Estado resulta un gran negocio; es absolutamente más barato reponer que aumentar los impuestos para cultivar a sujetos pensantes y conflictivos a la vez.
La poesía, como el arte en general, ocurrirá entonces en ese mismo idioma jibarizado y casi perdido. Es decir, en un espacio virtual inalcanzable. El esquema simbólico de un país, de su cultura, alcanzará una estructura elemental: la simple rima. Del mismo modo como los valores nacionales se reemplazan por colores o marcas y la cuestión axiológica se verá reemplazada por lo genital, etc.
Claramente, si el idioma desaparece o se empequeñece, la poesía –que es un fenómeno lingüístico– seguirá el mismo camino. ¿Y qué es poesía, entonces? La respuesta también tarda en llegar. Las ordenadoras del mundo buscan por aquí y por allá y deben alejar una serie de preconceptos adheridos a ella a través de los años. Los ignaros de siempre, quienes por lo demás perseveran en escribir aunque no lean sacarán a relucir términos melifluos e inanes como belleza, bondad, bien, causa, etc., etc. Algunos más osados, pero del mismo modo iletrados, la vincularán a sus tendencias siempre en pro de la humanidad en tanto los recién iniciados novísimos poetas descubrirán, año tras año y promoción tras promoción que poesía comienza con ellos o es el ejercicio de epatar burgueses; es decir de asustar señoras en los medios de movilización pública.
La única definición posible para comprender este ejercicio de la escritura será, entonces, la de carácter técnico: “poesía es un discurso cuya sintaxis subvertida produce connotaciones en el lector”. En otros términos, las alteraciones idiomáticas de forma o contenido (tropos o figuras literarias) harán del discurso inicial una afirmación imposible de ejecutar como instructivo. Puesto que existirá en el estricto territorio del lenguaje, y nada más.
Por ello la significación de la poesía es múltiple. Producir en quien la lee diversas imágenes que habrá de interpretar muchas veces como mágica, bella, profunda, etc. Aclaremos, se trata de meros fuegos de artificio cuyo único objetivo es causar placer estético. Y si alguna magia con ello se obtiene, bienvenida sea.
Explicar que la poesía se forma con palabras y no con ideas es también tarea titánica. Se requiere de mucha lectura, de mucha reflexión y lo más importante, de mucha experimentación sobre el papel para captar la idea. Las masas de perseverantes aficionados no llegarán a comprenderlo mientras no inicien la lectura, mientras no destierren los términos más tontos- inspiración, alma, soledad– simples metáforas de frustración e incapacidad de escritura.
Los significados vienen con las palabras: ellas son los únicos vehículos, tanto de sensaciones, órdenes o conceptos. Y allí la “estética” contemporánea ha contribuido también al descalabro. Al apostar al concepto –en lo semiótico mas no al diccionario; pero al código en lugar del mensaje– produjo un violento retroceso. No hubo aquel salto cualitativo, sino un estancamiento. La derrota del lenguaje a fines de siglo XX fue similar a la de hace cien años. Sólo una letra diferencia en literatura el post-modernismo del posmodernismo. Y quienes siguieron disciplinadamente las normas de los teóricos –tras de un rápido reconocimiento social– crearon junto a ellos una suerte de odioso arte académico que, a estas alturas, no es otra cosa sino el arte oficial.
II
A partir de los 60 (¡y estamos hablando casi ya de medio siglo!) la investigación estética apunta a la prosa en desmedro de la poesía. Mala señal , mas aún en una época en que los mercaderes demuelen las puertas del templo. Desde Francia, movidos por el estudio de la Publicidad -esa hija bastarda de la Retórica- a través de la Escuela de Altos Estudios de la Universidad de La Sorbona; o desde Norteamérica, a través de los papers que los académicos instalan en las páginas críticas en beneficio de los grandes sellos editoriales, o desde América –la nuestra– y España, encandilados por ese maravilloso y empresarial despertar que el Boom latinoamericano, la literatura es invadida.Las aulas devienen en claustros. Imponen a los escritores un nuevo sistema de escritura al cual deben adecuarse. O que se atengan a las consecuencias: el silencio. En tanto nuevos íconos, funestos personajes de culto o débiles representantes de minorías que nada tienen que hacer con la literatura –sino con la sociología– se convierten en los nuevos fetiches literarios; en símbolos por desgracia intocables.Derribadas las puertas, el discurso se dicta desde el ara. Los poetas son expulsados de la res pública, la técnica barbarie domina a la masa informe que, hasta muy poco, designábamos bajo la fraternal denominación de "el pueblo".
A diferencia de las otras especies, la nuestra posee el lenguaje y domina el fuego; y sin embargo pervivimos en la barbarie. Curioso oxímoron, los bárbaros –afirmaba ese gran Konstandino Photiades Kabaphes ignoran la retórica. Y estos mismos han levantado torres de Babel para luego derribarlas y sumirnos en la oscuridad. El fuego de la poesía ilumina el lenguaje desde dentro. Escarba la profundidad del código y nos hace sensibles entre iguales; la poesía controla la barbarie, engrandece la raza. La poesía domeña la lengua y sin ella somos sino monos parlantes, como bien describe Rudyard Kipling, que repiten palabras sin entenderlas y pueblan los Templos sin saber en donde habitan.
* Juan Cameron es autor del libro Ascensores de Valparaíso.